La Odisea
La Odisea 92 Habiendo hablado de semejante modo, la diosa púsole delante una mesa, que habÃa llenado de ambrosÃa y mezcló el rojo néctar. Allà bebió y comió el mensajero de Argifontes. Y cuando hubo cenado y repuesto su ánimo con la comida, respondió a Calipso con estas palabras:
97 —Me preguntas, oh diosa, a mi, que soy dios, por qué he venido. Voy a decÃrtelo con sinceridad, ya que asà lo mandas. Zeus me ordenó que viniese, sin que yo lo deseara: ¿quién pasarÃa de buen grado tanta agua salada que ni decirse puede, mayormente no habiendo por ahà ninguna ciudad en que los mortales hagan sacrificios a los dioses y les inmolen selectas hecatombes? Mas no le es posible a ningún dios ni traspasar ni dejar sin efecto la voluntad de Zeus, que lleva la égida. Dice que está contigo un varón, que es el más infortunado de cuantos combatieron alrededor de la ciudad de PrÃamo durante nueve años y, en el décimo, habiéndola destruido, tornaron a sus casas; pero en la vuelta ofendieron a Atenea, y la diosa hizo que se levantara un viento desfavorable e hinchadas olas. En estas hallaron la muerte sus esforzados compañeros; y a él trajéronlo acá el viento y el oleaje. Y Zeus te manda que a tal varón le permitas que se vaya cuanto antes; porque no es su destino morir lejos de los suyos, sino que la Parca tiene dispuesto que los vuelva a ver, llegando a su casa de elevada techumbre y a su patria tierra.