La Odisea
La Odisea 118 —Sois, oh dioses, malignos y celosos como nadie, pues sentÃs envidia de las diosas que no se recatan de dormir con el hombre a quien han tomado por esposo. AsÃ, cuando la Aurora de rosáceos dedos arrebató a Orión le tuvisteis envidia vosotros los dioses, que vivÃs sin cuidados, hasta que la casta Artemis, la de trono de oro, lo mató en Ortigia alcanzándole con sus dulces flechas. Asimismo, cuando Deméter, la de hermosas trenzas, cediendo a los impulsos de su corazón, juntóse en amor y cama con Yasión en una tierra noval labrada tres veces, Zeus, que no tardó en saberlo, mató al héroe hiriéndole con el ardiente rayo, y asà también me tenéis envidia, oh dioses, porque está conmigo un hombre mortal; a quien salvé cuando bogaba solo y montado en una quilla, después que Zeus le hendió la nave, en medio del vinoso ponto, arrojando contra la misma el ardiente rayo. Allà acabaron la vida sus fuertes compañeros; mas a él trajéronlo acá el viento y el oleaje. Y le acogà amigablemente, le mantuve y dÃjele a menudo que le harÃa inmortal y libre de la vejez por siempre jamás. Pero, ya que no le es posible a ningún dios ni transgredir ni dejar sin efecto la voluntad de Zeus, que lleva la égida, váyase aquél por el mar estéril, si ése le incita y se lo manda; que yo no le he de despedir —pues no dispongo de naves provistas de remos, ni puedo darle compañeros que le conduzcan por el ancho dorso del mar—, aunque le aconsejaré de muy buena voluntad, sin ocultarle nada, para que llegue sano y salvo a su patria tierra.