La Odisea
La Odisea 424 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón, una oleada lo llevó a la áspera ribera. Allí se habría desgarrado la piel y roto los huesos, si Atenea, la deidad de ojos de lechuza, no le hubiese sugerido en el ánimo lo que llevó a efecto: lanzóse a la roca, la asió con ambas manos y, gimiendo, permaneció adherido a ella hasta que la enorme ola hubo pasado. De esta suerte la evitó; mas, al refluir, dióle tal acometida, que lo echó en el ponto y bien adentro. Así como el pulpo, cuando lo sacan de su escondrijo, lleva pegadas en los tentáculos muchas pedrezuelas; así, la piel de las fornidas manos de Odiseo se desgarró y quedó en las rocas, mientras le cubría inmensa ola. Y allí acabara el infeliz Odiseo contra lo dispuesto por el hado, si Atenea, la deidad de los ojos de lechuza, no le inspirara prudencia. Salió a flote y, apartándose de las olas que se estrellan con estrépito en la ribera, nadó a lo largo de la orilla, mirando a la tierra, por si hallaba alguna playa que las olas batieran oblicuamente o algún puerto de mar. Mas como llegase, nadando, a la boca de un río de hermosa corriente el lugar parecióle muy a propósito por carecer de rocas y formar un reparo contra el viento. Y conociendo que era un río que desbalagaba, suplicóle así en su corazón: