La Odisea
La Odisea 279 —Eres cruel Odiseo, disfrutas de vigor grandÃsimo, y tus miembros no se cansan, y debes de ser de hierro, ya que no permites a los tuyos, molidos de la fatiga y del sueño, tomar tierra en esa isla azotada por las olas, donde aparejarÃamos una agradable cena; sino que les mandas que se alejen y durante la rápida noche anden a la ventura por el sombrÃo ponto. Por la noche se levantan fuertes vientos, azotes de las naves. ¿A dónde iremos, para librarnos de una muerte cruel, si de súbito viene una borrasca suscitada por el Noto o por el impetuoso Céfiro, que son los primeros en destruir una embarcación hasta contra la voluntad de los soberanos dioses?
290 Obedezcamos ahora a la obscura noche y aparejemos la comida junto a la velera nave; y al amanecer nos embarcaremos nuevamente para lanzarnos al dilatado ponto.
294 Tales razones profirió EurÃloco y los demás compañeros las aprobaron. Conocà entonces que algún dios meditaba causarnos daño y, dirigiéndome a aquél, le dije estas aladas palabras:
297 —¡EurÃloco! Gran fuerza me hacéis porque estoy solo. Mas, ea, prometed todos con firme juramento que si damos con alguna manada de vacas o grey numerosa de ovejas ninguno de vosotros matará, cediendo a funesta locura, ni una vaca tan solo, ni una oveja, sino que comeréis tranquilos los manjares que nos dio la inmortal Circe.