La Odisea
La Odisea 420 Contestóle Atenea, la deidad de ojos de lechuza:
421 —Muy poco has de apurarte por él. Yo misma le llevé para que, yendo allá, adquiriese ilustre fama; y no padece trabajo alguno, sino que se está muy tranquilo en el palacio del Atrida, teniéndolo todo en gran abundancia. Cierto que los jóvenes le acechan embarcados en negro bajel, y quieren matarle cuando vuelva al patrio suelo; pero me parece que no sucederá así y que antes la tierra tendrá en su seno a alguno de los pretendientes que devoran lo tuyo.
429 Dicho esto tocóle Atenea con una varita. La diosa le arrugó el hermoso cutis en los ágiles miembros, le rayó de la cabeza los blondos cabellos, púsole la piel de todo el cuerpo de tal forma que parecía la de un anciano; hízole sarnosos los ojos, antes tan bellos; vistióle unos andrajos y una túnica, que estaban rotos, sucios y manchados feamente por el humo; le echó encima el cuero grande, sin pelambre ya, de una veloz cierva; y le entregó un palo y un astroso zurrón lleno de agujeros con su correa retorcida.
439 Después de deliberar así se separaron, yéndose Atenea a la divinal Lacedemonia donde se hallaba el hijo de Odiseo.