La Odisea
La Odisea 56 —¡Oh forastero! No me es lÃcito despreciar al huésped que se presente, aunque sea más miserable que tú, pues son de Zeus todos los forasteros y todos los pobres. Cualquier donación nuestra le es grata, aunque sea exigua; que asà suelen hacerlas los siervos, siempre temerosos cuando mandan amos jóvenes. Pues las deidades atajaron sin duda la vuelta del mÃo, el cual, amándome por todo extremo, me habrÃa procurado una posesión, una casa, un peculio y una mujer muy codiciada; todo lo cual da un amo benévolo a su siervo, cuando ha trabajado mucho para él y las deidades hacen prosperar su obra como hicieron prosperar ésta en que me ocupo. Grandemente me ayudara mi señor si aquà envejeciese; pero murió ya: ¡asà hubiera perecido completamente la estirpe de Helena, por la cual a tantos hombres les quebraron las rodillas!
Que aquél fue a Troya, la de hermosos corceles, para honrar a Agamenón combatiendo contra los teucros.
72 Diciendo asÃ, en un instante se sujetó la túnica con el cinturón, se fue a las pocilgas donde estaban las piaras de los puercos, volvió con dos, y a entrambos los sacrificó, los chamuscó y, después de descuartizarlos, los espetó en los asadores. Cuando la carne estuvo asada, se la llevó a Odiseo, caliente aún y en los mismos asadores, polvoreándola de blanca harina; echó en una copa de hiedra vino dulce como la miel.