La Odisea
La Odisea 23 —¡Has vuelto, Telémaco mi dulce luz! No pensaba verte más desde que te fuiste en la nave a Pilos. Mas ea, entra, hijo querido, para que se huelgue mi ánimo en contemplarte ya que estás en mi cabaña recién llegado de otras tierras. Pues no vienes a menudo a ver el campo y los pastores sino que te quedas en la ciudad: ¿tanto te place fijar la vista en la multitud de los funestos pretendientes?
30 Respondió el prudente Telémaco:
31 —Se hará como deseas, abuelo, que por ti vine, por verte con mis ojos y saber si mi madre permanece todavÃa en el palacio o ya alguno de aquellos varones se casó con ella, y el lecho de Odiseo, no habiendo quien yazga en él, está por las telarañas ocupado.
36 Le dijo entonces el porquerizo, mayoral de pastores:
37 —Ella permanece en tu palacio, con el ánimo afligido, y consume tristemente los dÃas y las noches, llorando sin cesar.
40 Cuando asà hubo hablado tomóle la broncÃnea lanza; y Telémaco entró por el umbral de piedra. Su padre Odiseo quiso ceder el asiento al que llegaba, pero Telémaco prohibióselo con estas palabras:
44 —Siéntate, huésped, que ya hallaremos asiento en otra parte de nuestra majada, y está muy próximo el varón que ha de prepararlo.