La Odisea
La Odisea 333 Encontráronse el heraldo y el divinal porquerizo, que iban a dar a la reina la misma nueva, y tan pronto como llegaron a la casa del divino rey, dijo el heraldo en medio de las esclavas:
337 —¡Oh, reina! Ya llegó de Pilos tu hijo amado.
338 El porquerizo se acercó a Penelopea, le refirió cuanto su hijo ordenaba que le dijese y, hecho el mandado, volvióse a sus puercos, dejando atrás la cerca y el palacio.
342 Los pretendientes, afligidos y confusos, salieron del palacio, transpusieron el alto muro del patio y sentáronse delante de la puerta. Y EurÃmaco, hijo de Pólibo, comenzó a arengarles:
346 —¡Oh, amigos! ¡Gran proeza ha ejecutado orgullosamente Telémaco con ese viaje! ¡Y decÃamos que no lo llevarÃa a efecto! Mas, ea, echemos al agua la mejor nave negra, proveámosla de remadores, y vayan al punto a decir a aquellos que vuelvan prestamente al palacio.
351 Apenas hubo dicho estas palabras, cuando AnfÃnomo, volviéndose desde su sitio vio que el bajel entraba en el hondÃsimo puerto y sus tripulantes amainaban las velas o tenÃan el remo en la mano. Y con suave risa dijo a sus compañero:
355 —No enviemos ningún mensaje, que ya está en el puerto, sea porque un dios se lo ha dicho, sea porque vieron pasar la nave y no lograron alcanzarla.