La Odisea

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240 —¡Ninfas de las fuentes! ¡Hijas de Zeus! Si Odiseo os quemó alguna vez los muslos de cordero y de cabritos, cubriéndolos de pingüe grasa, cumplidme este voto: Ojalá vuelva aquel varón, traído por algún dios pues él te quitaría toda esa jactancia con que ahora nos insultas, vagando siempre por la ciudad mientras pastores perversos acaban con los rebaños.

247 Replicóle el cabrero Melantio:

248 —¡Oh dioses! ¡Qué dice ese perro, que sólo entiende en bellaquerías! Un día me lo tengo de llevar lejos de Ítaca, en negro bajel de muchos bancos, para que, vendiéndolo, me procure una buena ganancia. Ojalá Apolo, que lleva arco de plata, hiriera a Telémaco hoy mismo en el palacio, o sucumbiera el joven a manos de los pretendientes; como pereció para Odiseo, lejos de aquí, el día de su regreso.

254 Cuando así hubo hablado, dejóles atrás, pues caminaban lentamente, y llegó muy presto al palacio del rey. Acto continuo entró en él, sentándose en medio de los pretendientes, frente a Eurímaco, que era a quien más quería.

258 Sirviéronle unos trozos de carne los que en esto se ocupaban, y trájole pan la veneranda despensera. En tanto, detuviéronse Odiseo y el divinal porquerizo junto al palacio, y oyeron los sones de la hueca cítara, pues Femio empezaba a cantar. Y tomando aquél la mano del porquerizo, hablóle de esta suerte:


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