La Odisea

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84 Diciendo así, llevóse al infortunado huésped a su casa. Llegados al cómodo palacio, dejaron sus mantos en sillas y sillones, y fueron a bañarse en unas bañeras muy pulidas. Y una vez lavados y ungidos con aceite por las esclavas, que les pusieron túnicas y lanosos mantos, salieron del baño y sentáronse en sillas. Una esclava dioles aguamanos, que traía en magnífico jarro de oro y vertió en fuente de plata, y puso delante de ellos una pulimentada mesa. La veneranda despensera trájoles pan y dejó en la mesa buen número de manjares, obsequiándolos con los que tenía guardados. Sentóse la madre enfrente de los dos jóvenes, cerca de la columna en que se apoyaba el techo de la habitación; y, reclinada en una silla, se puso a sacar de la rueca delgados hilos.

98 Aquéllos metieron mano en las viandas que tenían delante. Y cuando hubieron satisfecho las ganas de beber y de comer, la discreta Penelopea comenzó a hablarles de esta suerte:

101 —¡Telémaco! Me iré a la estancia superior para acostarme en aquel lecho que tan luctuoso es para mí y que siempre está regado de mis lágrimas desde que Odiseo se fue a Ilión con los Atridas; y aún no habrás querido decirme con claridad, antes que los soberbios pretendientes vuelvan a esta casa, si en algún sitio oíste hablar del regreso de tu padre.

107 Respondióle el prudente Telémaco:


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