La Odisea

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393 —Calla, no le respondas largamente; que Antínoo suele irritarnos siempre y de mal modo con ásperas palabras, e incita a los demás a hacer lo propio.

396 Dijo; y hablóle a Antínoo con estas aladas palabras:

397 —¡Antínoo! ¡En verdad que miras por mí con tanto cuidado como un padre por su hijo, cuando con duras voces me ordenas arrojar del palacio a ese huésped! ¡No permita la divinidad que así suceda! Coge algo y dáselo, que no te lo prohíbo, antes bien te invito a hacerlo; y no temas que lo lleven a mal mi madre, ni ninguno de los esclavos que viven en la casa del divino Odiseo. Mas no hay en tu pecho tal propósito, que prefieres comértelo a darlo a nadie.

405 Antínoo le respondió diciendo:

406 —¡Telémaco altílocuo, incapaz de moderar tus ímpetus! ¿Qué has dicho? Si todos los pretendientes le dieran tanto como yo, se estaría tres meses en su casa, lejos de nosotros.

409 Así habló, y mostróle, tomándolo de debajo de la mesa, el escabel en que apoyaba sus nítidas plantas cuando asistía a los banquetes. Pero todos los demás le dieron algo, de modo que el zurrón se llenó de pan y de carne. Y ya Odiseo iba a tornar al umbral para comer lo que le habían regalado los aqueos, pero se detuvo cerca de Antínoo y le dijo estas palabras:


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