La Odisea
La Odisea 21 Respondióle su nodriza Euriclea:
22 —¡Oh, hijo! Ojalá hayas adquirido la necesaria prudencia para cuidarte de la casa y conservar tus heredades. Pero ¿quién será la que vaya contigo llevándote la luz, si no dejas venir las esclavas, que te habrÃan alumbrado?
26 Contestóle el prudente Telémaco:
27 —Ese huésped; pues no toleraré que permanezca ocioso quien coma de lo mÃo, aunque haya llegado de lejas tierras.
29 Asà dijo y ninguna palabra voló de los labios de Euriclea, que cerró las puertas de las cómodas habitaciones.
31 Odiseo y su ilustre hijo se apresuraron a llevar adentro los cascos, los abollonados escudos y las agudas lanzas; y precedÃale Palas Atenea con lámpara de oro que daba luz hermosÃsima.
35 Y Telémaco dijo de repente a su padre:
36 —¡Oh, padre! Grande es el prodigio que contemplo con mis propios ojos: las paredes del palacio, los bonitos intercolumnios, las vigas de abeto y los pilares encumbrados aparecen a mi vista como si fueran ardiente fuego. Sin duda debe de estar aquà alguno de los dioses que poseen el anchuroso cielo.
41 Respondióle el ingenioso Odiseo: