La Odisea
La Odisea 583 —¡Oh veneranda mujer de Odiseo LaertÃada! No difieras por más tiempo ese certamen que ha de efectuarse en el palacio, pues el ingenioso Odiseo vendrá antes que ellos, manejando el pulido arco, logren tirar de la cuerda y consigan que la flecha traspase el hierro.
588 DÃjole entonces la discreta Penelopea:
589 —¡Forastero! Si quisieras deleitarme con tus dichos, sentado junto a mÃ, en esta sala, no caerÃa ciertamente el sueño en mis ojos; mas no es posible que los hombres estén sin dormir, porque los inmortales han ordenado que los mortales de la fértil tierra empleen una parte del tiempo en cada cosa.
594 Voyme a la estancia superior y me acostaré en mi lecho tan luctuoso, que siempre está regado de lágrimas desde que Odiseo partió para ver aquella Ilión perniciosa y nefanda.
598 Allà descansaré. Acuéstate tú en el interior del palacio, tendiendo algo por el suelo, o que te hagan una cama.
600 Diciendo asÃ, subió a la espléndida habitación superior no yendo sola, pues la acompañaban las esclavas. Y en llegando con ellas a lo alto de la casa, echóse a llorar por Odiseo, su caro marido, hasta que Atenea, la de ojos de lechuza, le difundió en los párpados el dulce sueño.