La Odisea

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364 —¡Eurímaco! No pido que me acompañen. Tengo ojos, orejas y pies, y en mi pecho la razón, que está sin menoscabo; con su auxilio me iré afuera, porque veo claro que viene sobre vosotros la desgracia de la cual no podréis huir ni libraros ninguno de los pretendientes que en el palacio del divino Odiseo insultáis a los hombres, maquinando inicuas acciones.

371 Cuando esto hubo dicho, salió del cómodo palacio y se fue a la casa de Pireo, que lo acogió benévolo. Los pretendientes se miraban los unos a los otros y zaherían a Telémaco, riéndose de sus huéspedes. Y entre los jóvenes soberbios hubo quien habló de esta manera:

376 —¡Telémaco! Nadie tiene con los huéspedes más desgracia que tú. El uno es tal como ese mendigo vagabundo, necesitado de que le den pan y vino, inhábil para todo, sin fuerzas, carga inútil de la tierra; y el otro se ha levantado a pronunciar vaticinios. Si quieres creerme —y sería lo mejor—, echemos a los huéspedes en una nave de muchos bancos y mandémoslos a Sicilia; y allí te los comprarán por razonable precio.

384 Así decían los pretendientes, pero Telémaco no hizo ningún caso de estas palabras; sino que miraba silenciosamente a su padre, aguardando el momento en que había de poner las manos en los desvergonzados pretendientes.


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