La Odisea

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376 Así les habló; y todos los pretendientes lo recibieron con blandas risas, olvidando su terrible cólera contra Telémaco. El porquerizo tomó el arco, atravesó la sala y, deteniéndose cabe el prudente Odiseo, se lo puso en las manos.

380 Seguidamente, llamó al ama Euriclea y le habló de este modo:

381 —Telémaco te manda, prudente Euriclea, que cierres las sólidas puertas de las estancias y que si alguna de las esclavas oyere gemidos o estrépito de hombres dentro de las paredes de nuestra sala, no se asome y quédese allí, en silencio, junto a su labor.

386 Así le dijo, y ninguna palabra voló de los labios de Euriclea que cerró las puertas de las cómodas habitaciones.

388 Filetio, a su vez, salió de la casa silenciosamente, fue a entornar las puertas del bien cercado patio y como hallara debajo del pórtico el cable de papiro de una corva embarcación, las ató con él. Luego volvió a entrar y sentóse en el mismo sitio que antes ocupaba, con los ojos clavados en Odiseo. Ya éste manejaba el arco, dándole vueltas por todas partes y probando acá y acullá: no fuese que la carcoma hubiera roído el cuerno durante la ausencia del rey. Y uno de los presentes dijo al que tenía más cercano:


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