La Odisea
La Odisea 235 —¡Atrida Menelao alumno de Zeus, y vosotros, hijos de nobles varones! En verdad el dios Zeus, como lo puede todo, ya nos manda bienes, ya nos envÃa males; comed ahora, sentados en esta sala y deleitaos con la conversación, que yo os diré cosas oportunas. No podrÃa narrar ni referir todos los trabajos del paciente Odiseo y contaré tan sólo esto, que el fuerte varón ejecutó y sobrellevó en el pueblo troyano donde tantos males padecisteis los aqueos. Infirióse vergonzosas heridas, echóse a la espalda unos viles andrajos, como si fuera un siervo, y se entró por la ciudad de anchas calles donde sus enemigos habitaban. AsÃ, encubriendo su persona, se transfiguró en otro varón, en un mendigo, quien no era tal ciertamente junto a las naves aqueas. Con tal figura penetró en la ciudad de Troya. Todos se dejaron engañar y yo sola le reconocà e interrogué, pero él con sus mañas se me escabullÃa. Mas cuando lo hube lavado y ungido con aceite, y le entregué un vestido, y le prometà con firme juramento que a Odiseo no se le descubrirÃa a los troyanos hasta que llegara nuevamente a las tiendas y a las veleras naves, entonces me refirió todo lo que tenÃan proyectado los aqueos. Y después de matar con el bronce de larga punta a buen número de troyanos, volvió a los argivos, llevándose el conocimiento de muchas cosas. Prorrumpieron las troyanas en fuertes sollozos, y a mà el pecho se me llenaba de júbilo porque ya sentÃa en mi corazón el deseo de volver a mi casa y deploraba el error en que me habÃa puesto Afrodita cuando me condujo allá, lejos de mi patria, y hube de abandonar a mi hija, el tálamo y un marido que a nadie le cede ni en inteligencia ni en gallardÃa.