Los Miserables - Parte 4
Los Miserables - Parte 4 Cosette, al retroceder, encontró un árbol, y se apoyó en él; sin ese árbol se hubiera caído al suelo. Entonces oyó su voz, aquella voz que nunca había oído, que apenas sobresalía del susurro de las hojas, y que murmuraba:
- Perdonadme por estar aquí, pero no podía vivir como estaba y he venido. ¿Habéis leído lo que dejé en ese banco? ¿Me reconocéis? No tengáis miedo de mí. ¿Os acordáis de aquel día, hace ya mucho tiempo, en que me mirasteis? Fue en el Luxemburgo, cerca del Gladiador. ¿Y del día que pasasteis cerca de mí? El l6 de junio y el 2 de julio. Va a hacer un año. Hace mucho tiempo que no os veía. Vivíais en la calle del Oeste, en un tercer piso; ya veis que lo sé. Yo os seguía. Después habéis desaparecido. Por las noches vengo aquí. No temáis; nadie me ve; vengo a mirar vuestras ventanas de cerca. Camino suavemente para que no lo oigáis, porque podríais tener miedo. Sois mi ángel, dejadme venir; creo que me voy a morir. ¡Si supieseis! ¡Os adoro! Perdonadme; os hablo, y no sé lo que os digo; os incomodo tal vez. ¿Os incomodo?
- ¡Oh, madre mía! -murmuró Cosette. Se le doblaron las piernas como si se muriera.
El la cogió; ella se desmayaba; la tomó en sus brazos, la estrechó sin tener conciencia de lo que hacía, y la sostuvo temblando. Estaba perdido de amor. Balbuceó: