Los Miserables - Parte 5
Los Miserables - Parte 5 - Acércate; acercaos los dos. Os quiero mucho. ¡Ah! ¡Qué bueno es morir asÃ! Tú también me quieres, Cosette. Yo sabÃa que lo quedaba siempre algún cariño para tu viejo. ¡Cuánto lo agradezco, niña mÃa, esta almohada! Me llorarás ¿no es verdad? Pero que no sea demasiado. Quiero que seáis felices, amados hijos. Los seiscientos mil francos, señor de Pontmercy, es dinero ganado honradamente. Podéis ser ricos sin repugnancia alguna. Será preciso que compréis un carruaje, que vayáis de vez en cuando a los teatros. Cosette, para ti bonitos vestidos de baile, para vuestros amigos buenas comidas. Sed dichosos. Estaba hace poco escribiendo una carta a Cosette, ya la encontrará. Te lego, hija mÃa, los dos candelabros que están sobre la chimenea. Son de plata; mas para mà son de oro, de diamantes, y convierten las velas en cirios. No sé si el que me los dio está satisfecho de mà en el Cielo. He hecho lo que he podido. Hijos mÃos, no olvidéis que soy un pobre, y os encargo que me hagáis enterrar en el primer rincón de tierra que haya a mano, con sólo una piedra por lápida. Es mi voluntad. Sobre la piedra no grabéis ningún nombre. Si Cosette quiere ir allà alguna vez se lo agradeceré. Vos también, señor Pontmercy. Debo confesaros que no siempre os he tenido afecto; os pido perdón. Os estoy muy agradecido, pues veo que haréis feliz a Cosette. ¡Si supieseis, señor Pontmercy, cuánto ha sido mi cariño hacia ella! Sus hermosas mejillas sonrosadas eran mi alegrÃa; en cuanto la vela un poco pálida, ya estaba triste. Hay en la cómoda un billete de quinientos francos. Es para los pobres. Cosette, ¿ves tu trajecito allà sobre la cama? ¿Te acuerdas? No hace más de diez años de eso. ¡Cómo pasa el tiempo! Fuimos muy dichosos. Hijos mÃos, no lloréis, que no me voy muy lejos; desde allá os veré. Con sólo que miréis en la noche, mi sonrisa se os aparecerá. Cosette, ¿te acuerdas de Montfermeil? Estabas en el bosque y tenÃas miedo. ¿Te acuerdas cuando yo cogà el asa del cubo lleno de agua? Fue la primera vez que toqué tu pobre manita. ¡Y qué frÃa estaba! Entonces vuestras manos, señorita, tiraban a rojas, hoy brillan por su blancura. ¿Y la muñeca, lo acuerdas? La llamaste Catalina. ¡Qué de veces me hiciste reÃr, ángel mÃo! ¡Eras tan traviesa! No hacÃas más que jugar. Te colgabas las guindas de las orejas. En fin, son cosas pasadas. Los bosques que uno ha atravesado con su amada niña, los árboles que les han resguardado del sol, los conventos que les han resguardado de los hombres, las inocentes risas de la infancia; todo no es más que sombra. Se me figuró que esas cosas me pertenecÃan, y ahà estuvo el mal. Los Thenardier fueron muy perversos; pero hay que perdonarlos. Cosette, ha llegado el momento de decirte el nombre de tu madre. Se llamaba Fantina. Recuerda este nombre, Fantina. ArrodÃllate cada vez que lo pronuncies. Ella padeció mucho, y te querÃa con locura. Su desgracia fue tan grande, como grande es tu felicidad. Dios lo dispuso asÃ. Dios nos ve desde el cielo a todos, y en medio de sus brillantes estrellas sabe bien lo que hace. Me voy ahora, mis queridos hijos. Amaos mucho, siempre. En el mundo casi no hay nada más importante que amar. Pensad alguna vez en el pobre viejo que ha muerto aquÃ. Cosette mÃa, no tengo la culpa de no haberte visto en tanto tiempo; el corazón se me desgarraba, estaba medio loco. Hijos mÃos, no veo claro. Aún tenÃa que deciros muchas cosas; pero no importa. Vosotros sois seres benditos. No sé lo que siento, pero me parece que veo una luz. Acercaos más. Muero dichoso. Venid, acercad vuestras cabezas tan amadas para poner encima mis manos.