Los Miserables - Parte 5
Los Miserables - Parte 5 Se agotaban los cartuchos. Se sucedían los asaltos. El horror iba en aumento. Aquellos hombres macilentos, haraposos, cansados, que no habían comido desde hacía veinticuatro horas, que tampoco habían dormido, que sólo contaban con unos cuantos tiros más, que se tentaban los bolsillos vacíos de cartuchos, heridos casi todos, vendados en la cabeza o el brazo con un lienzo mohoso y negruzco, de cuyos pantalones agujereados corría sangre, armados apenas de malos fusiles y de viejos sables mellados, se convirtieron en titanes. Diez veces fue atacado y escalado el reducto, y ninguna se consiguió tomarlo.
Laigle fue muerto, y lo mismo Feuilly, Joly, Courfeyrac y Combeferre. Marius, combatiendo siempre, estaba tan acribillado de heridas particularmente en la cabeza, que el rostro desaparecía bajo la sangre.
Cuando no quedaron vivos más jefes que Enjolras y Marius en los dos extremos de la barricada, el centro cedió. El grupo de insurrectos que lo defendía retrocedió en desorden. Se despertó a la sazón en algunos el sombrío amor a la vida. Viéndose blanco de aquella selva de fusiles, no querían ya morir. Enjolras abrió la puerta de la taberna, que impedía pasar a los sitiadores. Desde allí gritó a los desesperados:
- No hay más que una puerta abierta. Esta.