Los Miserables - Parte 1

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Capítulo 4 Un lugar donde empiezan a formarse algunas convicciones

En un extremo de la sala, justamente donde él estaba, los jueces se mordían las uñas distraídos o cerraban los párpados. En el otro extremo se situaba una multitud harapienta.

Nadie hizo caso de él. Las miradas se fijaban en un punto único, en un banco de madera que se encontraba cerca de una puertecilla a la izquierda del presidente. En aquel banco había un hombre entre dos gendarmes.

Era el acusado.

Los ojos del señor Magdalena se dirigieron allí naturalmente, como si antes hubiesen visto ya el sitio que ocupaba. Y creyó verse a sí mismo, envejecido, no el mismo rostro, pero el mismo aspecto, con esa mirada salvaje, con la chaqueta que llevaba el día que llegó a D. lleno de odio, ocultando en su alma el espantoso tesoro de pensamientos horribles acumulados en tantos años de presidio.

Y se dijo, estremeciéndose:

- ¡Dios mío! ¿Me convertiré yo en eso?

El hombre parecía tener a lo menos sesenta años; había en su rostro un no sé qué de rudeza, de estupidez, de espanto.


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