Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs ParÃs nació, como es sabido, en esa vieja isla de la Cité que tiene forma de cuna. Las playas de esa isla fueron sus primeras murallas; el Sena, su primer foso. ParÃs se mantuvo durante varios siglos en estado de isla, con dos puentes, uno al norte y el otro al mediodÃa, y dos cabezas de puente que eran a la vez sus puertas y sus fortalezas: el Grand-Châtelet en la orilla derecha y el Petit-Châtelet en la orilla izquierda. Más tarde, a partir de los reyes de la primera dinastÃa, la falta de espacio en la isla, que ya no le permitÃa revolverse, llevó a ParÃs a cruzar el rÃo. Entonces, un primer cinturón de murallas y torres empezó a mermar el campo a ambos lados del Sena, pasado el Grand-Châtelet y el Petit-Châtelet. De ese antiguo cerco todavÃa quedaban el siglo pasado algunos vestigios; hoy solo queda el recuerdo, y acá y allá una tradición, como la puerta Baudets o Baudoyer, porta Bagauda. Poco a poco, el flujo de las casas, siempre impelido desde el corazón de la ciudad hacia fuera, desborda, roe, desgasta y borra esas murallas. Felipe Augusto le hace un nuevo dique. Encierra a ParÃs dentro de una cadena circular de grandes torres, altas y sólidas. Durante más de un siglo, las casas se apiñan, se acumulan y elevan su nivel en esa dársena, como el agua en una alberca. Empiezan a hacerse profundas, añaden pisos sobre pisos, se encaraman unas sobre otras, suben hacia la superficie como toda savia comprimida y compiten para sacar la cabeza por encima de sus vecinas en busca de un poco de aire. La calle se hunde y se estrecha cada vez más; todo hueco se llena y desaparece. Finalmente, las casas saltan por encima de las murallas de Felipe Augusto y se dispersan alegremente por la llanura, sin orden ni concierto, como fugitivas. Una vez allÃ, se aposentan, se acondicionan jardines en el campo, se instalan cómodamente. A partir de 1367, la ciudad se extiende tanto por los suburbios que se impone la necesidad de una nueva muralla, sobre todo en la orilla derecha. Carlos V la construye. Pero una ciudad como ParÃs experimenta un crecimiento continuo. Únicamente esas ciudades se convierten en capitales. Son embudos adonde van a parar todas las vertientes geográficas, polÃticas, morales e intelectuales de un paÃs, todas las pendientes naturales de un pueblo; pozos de civilización, por asà decirlo, y también sumideros en los que comercio, industria, inteligencia, población, todo lo que es savia, todo lo que es vida, todo lo que es alma en una nación penetra y se acumula sin cesar, gota a gota, siglo a siglo. La muralla de Carlos V corre, pues, la misma suerte que la de Felipe Augusto. Desde finales del siglo XV, es sobrepasada, desbordada, y los arrabales llegan más lejos. En el siglo XVI, a simple vista se dirÃa que retrocede y se adentra cada vez más en la vieja ciudad, hasta tal punto se apelmaza una ciudad nueva en el exterior. Asà pues, en el siglo XV, para detenernos ahÃ, ParÃs ya habÃa gastado los tres cÃrculos concéntricos de murallas que en tiempos de Juliano el Apóstata se hallaban en germen, por asà decirlo, en el Grand-Châtelet y el Petit-Châtelet. La poderosa ciudad habÃa hecho reventar sucesivamente sus cuatro cinturones de murallas, como un niño que crece y hace saltar las costuras de su ropa del año anterior. Bajo el reinado de Luis XI se veÃa asomar en algunos lugares, atravesando ese mar de casas, grupos de torres en ruinas de las antiguas murallas, como los picos de las colinas en una inundación, como archipiélagos del viejo ParÃs sumergido bajo el nuevo.