Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Prosiguiendo el ascenso por las gradas de ese anfiteatro de palacios que se extendía a lo lejos sobre el suelo, después de haber salvado un profundo barranco abierto en los tejados de la Villa, el cual señalaba el paso de la calle Saint-Antoine, la vista llegaba a la residencia de Angulema, vasta construcción de varias épocas en la que había partes completamente nuevas y muy blancas que se integraban tan mal en el conjunto como un remiendo rojo en un jubón azul. Sin embargo, el tejado singularmente puntiagudo y elevado del palacio moderno, salpicado de canalones cincelados, cubierto de planchas de plomo donde resplandecientes incrustaciones de cobre dorado formaban miles de fantásticos arabescos, ese tejado tan curiosamente adamascado se elevaba con gracia desde en medio de las sombrías ruinas del antiguo edificio, cuyas viejas y enormes torres, abombadas por el tiempo cual toneles, hundiéndose sobre sí mismas de vetustez y agrietándose de arriba abajo, parecían gruesos vientres desabrochados. Detrás se alzaba el bosque de agujas del palacio de las Tournelles. No hay en todo el mundo, ni en Chambord ni en la Alhambra, una perspectiva más mágica, más aérea, más prodigiosa que ese oquedal de flechas, de pináculos, de chimeneas, de veletas, de espirales, de escaleras de caracol, de linternas atravesadas por la luz que parecían marcadas con sacabocados, de pabellones, de torrecillas ahusadas, todas de diferente forma, altura y posición. Parecía un gigantesco ajedrez de piedra.