Nuestra Señora de París

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Como acabamos de decir, el barrio de palacios del que estamos intentando dar una idea al lector, aunque limitándonos a señalar sus cúspides, se extendía en la esquina que la muralla de Carlos V formaba con el Sena en la parte oriental. El centro de la Villa estaba ocupado por una aglomeración de casas populares. Allí era, en efecto, donde desembocaban los tres puentes de la Cité por la orilla derecha, y los puentes piden la presencia de casas delante de los palacios. Ese amontonamiento de viviendas burguesas, apiñadas como los alvéolos de una colmena, tenía su belleza. De los tejados de una capital puede decirse, como de las olas de un mar, que son grandiosos. Para empezar, las calles, entrecruzadas y enmarañadas, trazaban en el bloque cientos de figuras divertidas. Alrededor del mercado, era como una estrella de mil puntas. Las calles Saint-Denis y Saint-Martin, con sus innumerables ramificaciones, subían una tras otra como dos grandes árboles que entrecruzan sus ramas. Y líneas tortuosas — las calles Plâtrerie, Verrerie, Tixeranderie, etcétera— serpenteaban por el conjunto. Había también bellos edificios que rompían la ondulación petrificada de aquel mar de frontones. Uno de ellos, en la entrada del Pont-aux-Changeurs, detrás del cual se veía la espuma del Sena bajo las ruedas del Pont-aux-Meuniers, era el Châtelet, ya no torre romana como en la época de Juliano el Apóstata, sino torre feudal del siglo XIII, y de una piedra tan dura que con un pico no se arrancaba en tres horas el grosor de un puño. Otro era el rico campanario cuadrado de Saint-Jacques-de-la-Boucherie con sus ángulos cubiertos de esculturas, ya admirable pese a que en el siglo XV aún no estuviera acabado. Le faltaban en particular esos cuatro monstruos que, todavía hoy encaramados en las esquinas del tejado, parecen cuatro esfinges que plantean al nuevo París el enigma del antiguo para que lo resuelva; Rault, el escultor, no los puso hasta 1526, y recibió veinte francos por su trabajo. Otro de esos edificios era la Casa de los Pilares, cuya fachada daba a la plaza de Grève, de la que ya hemos dado cierta idea al lector. Y Saint-Gervais, que un pórtico «de buen gusto» echó más tarde a perder; y Saint-Méry, cuyas viejas ojivas casi eran aún arcos de medio punto; y Saint-Jean, cuya magnífica aguja era proverbial; y veinte monumentos más que no desdeñaban enterrar sus mara Villas en aquel caos de calles oscuras, estrechas y profundas. Añadan las cruces de piedra esculpidas, que se prodigaban en las encrucijadas todavía más que las horcas; el cementerio de los Inocentes, cuya cerca arquitectónica se veía a lo lejos, por encima de los tejados; la picota de Les Halles, cuya cúspide asomaba entre dos chimeneas de la calle Cossonnerie; la escalera de la Croix-du-Trahoir en su cruce siempre abarrotado de gente; las casetas circulares del mercado de trigo; los tramos de la antigua muralla de Felipe Augusto, que se distinguían aquí y allá, ahogados entre las casas; torres invadidas por la hiedra, puertas carcomidas, lienzos de pared en ruinas y deformados; el muelle con sus mil tiendas y sus desolladeros sanguinolentos; el Sena cargado de barcos desde el Port-au-Foin hasta For-l’Évêque… Añadan todo esto y tendrán una imagen confusa de lo que era en 1482 el trapecio central de la Villa.


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