Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Nada había comparable al ascendiente del arcediano sobre el campanero y al apego del campanero hacia el arcediano. Habría sido suficiente una señal de Claude y la idea de complacerlo, para que Quasimodo se precipitara desde lo alto de las torres de Notre-Dame. Toda esa fuerza física, que había alcanzado en Quasimodo un desarrollo tan extraordinario y que él ponía ciegamente a disposición de otro, era algo asombroso. Sin duda había en ello abnegación filial, apego servil, como también había fascinación de una mente por otra mente. Era una pobre, torpe y desmañada organización, que permanecía con la cabeza gacha y la mirada suplicante ante una inteligencia elevada y profunda, poderosa y superior. Finalmente y por encima de todo, era gratitud. Gratitud llevada hasta un límite tan extremo que no sabríamos con qué compararla. Esa virtud no es de las que cuenta con sus más hermosos ejemplos entre los hombres. Diremos, pues, que Quasimodo quería al arcediano como ningún perro, ningún caballo, ningún elefante ha querido jamás a su amo.