Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Ese edificio es colosal. No sé qué estadístico ha calculado que, poniendo uno sobre otro todos los volúmenes salidos de la imprenta desde Gutenberg, se llenaría el espacio que separa la Tierra de la Luna; pero no es de esa clase de grandeza de la que queremos hablar. Sin embargo, cuando intentamos recoger en el pensamiento una imagen total del conjunto de los productos de la imprenta hasta nuestros días, ¿no nos aparece ese conjunto como una inmensa construcción, apoyada sobre el mundo entero, en la que la humanidad trabaja sin descanso y cuya cabeza monstruosa se pierde en las brumas profundas del futuro? Es el hormiguero de las inteligencias. Es la colmena a la que todas las imaginaciones, esas abejas doradas, llegan con su miel. El edificio de mil pisos. Aquí y allá vemos desembocar en sus rampas las cavernas tenebrosas de la ciencia que se cruzan en sus entrañas. En toda su superficie, el arte hace proliferar ante la vista sus arabescos, sus rosetones y sus cresterías. Ahí cada obra individual, por caprichosa y aislada que parezca, tiene su lugar y su saliente. La armonía resulta del conjunto. Desde la catedral de Shakespeare hasta la mezquita de Byron, mil campanarios se agolpan desordenadamente en esa metrópoli del pensamiento universal. En su base han escrito algunos viejos títulos de la humanidad que la arquitectura no había registrado. A la izquierda de la entrada han sellado el viejo bajorrelieve en mármol blanco de Homero, a la derecha la Biblia políglota yergue sus siete cabezas. La hidra del Romancero se alza más allá, y algunas otras formas híbridas, como los Vedas y los Nibelungos. Por lo demás, el prodigioso edificio continúa inacabado. La imprenta, esa máquina gigante que bombea sin descanso toda la savia intelectual de la sociedad, vomita incesantemente nuevos materiales para su obra. Todo el género humano trabaja en ella. Cada mente es un albañil. El más humilde tapa su agujero o pone su piedra. Rétif de la Bretonne aporta su capazo de cascotes. Todos los días se coloca una nueva hilada. Con independencia de la contribución original e individual de cada escritor, hay contribuciones colectivas. El siglo XVIII da la Enciclopedia, la revolución da el Monitor. Desde luego, es una construcción que crece y se amontona en espirales sin fin; también aquí hay confusión de lenguas, actividad incesante, trabajo infatigable, concurso apasionado de toda la humanidad, refugio prometido a la inteligencia contra un nuevo diluvio, contra una invasión de bárbaros. Es la segunda torre de Babel del género humano.