Ultimo dia de un condenado a muerte
Ultimo dia de un condenado a muerte
Puesto que el día aún no aparece, ¿qué hacer de la noche? Se me ha ocurrido una idea. Me he levantado y he paseado mi lámpara sobre las cuatro paredes de mi celda. Están cubiertas de escrituras, de dibujos, de figuras raras, de nombres que se mezclan y se borran los unos a los otros. Parece que cada condenado haya querido dejar su marca, por lo menos aquí. Lápiz, tiza, carbón, letras negras, blancas, grises, a menudo cortes profundos en la piedra, aquí y allá, letras enmohecidas que parecen escritas con sangre. Por supuesto que si mi mente se sintiera más libre, podría interesarme este extraño libro que se desarrolla página a página frente a mis ojos sobre las piedras de este calabozo. Me gustaría recomponer un todo con estos fragmentos de pensamiento esparcidos sobre las losas; encontrar al hombre bajo el nombre; dar sentido y vida a estas inscripciones mutiladas, a estas frases desmembradas, a estas palabras truncadas, cuerpos sin cabeza como los que las han escrito.
A la altura de mi cabecera hay dos corazones inflamados y atravesados por una flecha, y sobre ellos: «Amor por la vida». El infeliz no se comprometía a largo plazo.
Al lado, una especie de sombrero de tres picos con una pequeña figura burdamente dibujada sobre estas palabras: «¡Viva el Emperador! 1824».