Ultimo dia de un condenado a muerte
Ultimo dia de un condenado a muerte He vuelto precipitadamente a sentarme sobre mi camastro de paja con la cabeza entre las rodillas. Enseguida mi miedo infantil se ha disipado, y me ha embargado una extraña necesidad de seguir la lectura de mis muros.
De donde estaba el nombre de Papavoine he arrancado una enorme telaraña, espesada por el polvo y extendida sobre la esquina del muro. Bajo esta telaraña había cuatro o cinco nombres perfectamente legibles junto a otros de los cuales no queda más que una mancha en la pared. DAUTUN, 1815. POULAIN, 1818. JEAN MARTIN, 1821. CASTAING, 1823. He leído esos nombres, y lúgubres recuerdos me han venido a la memoria: Dautun, el que cortó a su hermano en cuatro, que por la noche se paseó por París y tiró la cabeza en una fuente y el tronco en una cloaca; Poulain, el que asesinó a su mujer; Jean Martin, el que disparó con su pistola a su padre en el momento en que el viejo abría una ventana; Castaing, aquel médico que envenenó a su amigo, y que, mientras lo atendía en esa última enfermedad que él mismo le había provocado, en lugar de remedios volvía a darle veneno; y junto a ellos, Papavoine, el horrible loco que mataba a los niños a golpes de cuchillo en la cabeza.