El jugador
El jugador En los días siguientes, Gurgeh fue testigo de cómo los ciudadanos del Imperio veneraban el juego. Lo era todo: religión, política, vida. El tablero no era solo un espacio abstracto; cada decisión tenía consecuencias reales en el equilibrio de poder del imperio. Los jugadores no competían por honor, sino por control, por supervivencia.
La primera noche en su habitación, Gurgeh miró su reflejo en el vidrio del ventanal. Las luces de la ciudad se extendían como un mar de estrellas falsas. Por primera vez, dudó de su habilidad para triunfar. —¿Qué estoy haciendo aquí? —susurró para sí mismo.
Sin embargo, una chispa de desafío brillaba en su interior. Había cruzado la puerta hacia el abismo. Ahora, solo podía seguir adelante.
El salón del torneo era una catedral al juego de Azad. Columnas inmensas de metal oscuro se alzaban hacia un techo que desaparecía en la penumbra. Sobre el suelo, tableros irregulares brillaban como estrellas atrapadas en la piedra. Había decenas de ellos, cada uno con formas distintas, configuraciones cambiantes que parecían burlarse de la lógica.