Pensad en flebas
Pensad en flebas La celda tembló. Una vibración recorrió las paredes de piedra. Un estruendo arriba. Gritos. Alarmas. Y luego, el sonido más hermoso que Horza podía imaginar en ese momento: el rugido de disparos y el crujido de metal cediendo bajo una fuerza imparable.
La puerta de su celda voló en pedazos.
Desde el humo, emergieron tres figuras. Altas, esqueléticas, de piel coriácea y ojos brillantes como brasas. Guerreros idiranos. Soldados de la guerra santa.
—Horza—gruñó uno de ellos—. Vienes con nosotros.
Él sonrió, escupió sangre y asintió.
Su celda se convertía en su entrada al infierno. Pero en este infierno, al menos, podía respirar.
El aire en la nave idirana olía a sudor, aceite de motor y muerte. Horza se dejó caer contra la pared metálica del compartimento de carga, sintiendo cómo la vibración de los motores le recorría la columna. Sus heridas aún dolían, pero no tanto como la sensación de haber escapado solo para meterse en otro problema.
Frente a él, el idirano Jandraligeli, un monstruo de tres metros con una piel gruesa y grisácea, lo observaba con esos ojos de depredador.
