El hombre mediocre
El hombre mediocre Si se limitaran a vegetar, agobiados como cariátides bajo el peso de sus atributos, los hombres sin ideales escaparÃan a la reprobación y a la alabanza. Circunscritos a su órbita, serÃan tan respetables como los demás objetos que nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes excepcionales; no podrÃa exigÃrseles que treparan las cuestas riscosas por donde ascienden los ingenios preclaros. MerecerÃan la indulgencia de los espÃritus privilegiados, que no la rehúsan a los imbéciles inofensivos. Estos últimos, con ser más indigentes, pueden justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en todo, rompen el tedio y hacen parecer la vida menos larga, divirtiendo a los ingeniosos y ayudándolos a andar el camino. Son buenos compañeros y depositan el., bazo durante la marcha: habrÃa que agradecerles los servicios que prestan sin sospecharlo.
Los mediocres, lo mismo que los imbéciles, serÃan acreedores a esa amable tolerancia mientras se mantuvieran a la capa; cuando renuncian a imponer sus rutinas son sencillos ejemplares del rebaño humano, siempre dispuestos a ofrecer su lana a los pastores.
