El hombre mediocre
El hombre mediocre Asà como hay una gama de intelectos, cuyos tonos fundamentales son la inferioridad, la mediocridad y el talento —aparte del idiotismo y el genio, que ocupan sus extremos—, hay también una jerarquÃa moral representada por términos equivalentes. En el fondo de esas desigualdades hay una profunda heterogeneidad de temperamentos. La conformación a los catecismos ajenos resulta fácil para los hombres débiles, crédulos, timoratos, sin grandes deseos, sin pasiones vehementes, sin necesidad de independencia, sin irradiación de su personalidad; es inconcebible, en cambio, en las naturalezas idealistas y fuertes, capaces de pasiones vivas, bastante intelectuales para no dejarse engañar por la mentira de los demás. Aquéllos no sufren por la coacción moral del rebaño, pues la hipocresÃa es su clima propicio; éstos sufren, luchando entre sus inclinaciones superiores y el falseado concepto del deber que impone la sociedad. Se ajustan a él los hombres honestos, pero nunca se le esclaviza el hombre moralmente superior. «Puede acordársele —dice Remy de Gourmont- el valor de una moda a la que uno se resigna por no llamar la atención, pero sin interesar el ser Ãntimo y sin hacerle ningún sacrificio profundo». En esa disconformidad con la hipocresÃa colectivamente organizada consiste la virtud, que es individual, a la contra de sus caricaturas colectivas: en la caridad y en la beneficencia mundanas la miseria de los corazones tristes alimenta la vanidad de los cerebros vacÃos.
