El hombre mediocre
El hombre mediocre Los prohombres de las mediocracias equidistan del bárbaro legendario —Tiberio o Facundo— y del genio transmutador —Marco Aurelio o Sarmiento—. El genio crea instituciones y el bárbaro las viola: los mediocres las respetan, impotentes para forjar o destruir. Esquivos a la gloria y rebeldes a la infamia, se les reconoce por una circunstancia inequÃvoca: sus cubicularios no osan llamarlos genios por temor al ridÃculo y sus adversarios no podrÃan sentarlos en cáncana de imbéciles sin flagrante injusticia. Son perfectos en su clima: sosláyanse en la historia a merced de cien complicidades y conjugan en su persona todos los atributos del ambiente que los repuja. Amerengados por equÃvocas jerarquÃas militares, por opacos tÃtulos universitarios o por la almidonada improvisación de alcurnias advenedizas, acicalan en su espÃritu las rutinas y prejuicios que acorchan las creederas de la mediocridad dominante. Son pasicortos siempre; su marcha no puede en momento alguno compararse al vuelo de un cóndor ni a la reptación de una serpiente.
