La leyenda del jinete sin cabeza
La leyenda del jinete sin cabeza En el seno de uno de esos espaciosos recodos que forma el rÃo Hudson en su tramo oriental, y que los antiguos navegantes holandeses llamaban Tappaan Zee, donde los marinos prudentemente recogÃan sus velas e imploraban el apoyo de San Nicolás, se encuentra un pequeño pueblo rural, en el que se celebran ferias con frecuencia. Algunos la llaman Greensburgh, pero la mayorÃa la conoce más propiamente por Tarry Town. Se dice que le dieron este nombre las amas de casa de la región vecina, debido a la inveterada propensión de sus maridos a pasar el tiempo en la taberna de la villa durante los dÃas de mercado.[1] Como quiera que sea, yo no aseguro este hecho, sino que simplemente me limito a hacerlo constar para ser exacto y veraz. No muy lejos de esta villa, quizá a unos tres kilómetros, se encuentra un vallecito situado entre altas colinas, que es uno de los lugares más tranquilos del mundo. Corre por él un arroyo, cuyo murmullo es suficiente para adormecer al que lo escucha; el canto de los pájaros es casi el único sonido que rompe aquella tranquilidad uniforme. Recuerdo, cuando era todavÃa joven, mi primera excursión de caza en un bosque de nogales que da sombra a uno de los lados del valle. HabÃa iniciado la caminata al mediodÃa, cuando todo está tranquilo, tanto que me asustaban los disparos de mi propia escopeta que interrumpÃan la tranquilidad del sábado y que el eco reproducÃa. Si quisiera encontrar un refugio a donde dirigirme para huir del mundo y de sus distracciones, y pasar en ensoñaciones el resto de una agitada vida, no conozco lugar más indicado que este pequeño valle.
