MarÃa
MarÃa A mi padre le impresionaron los aullidos; era hombre que creÃa en cierta clase de pronósticos y agüeros, preocupaciones de su raza de las cuales no habÃa podido prescindir por completo.
—Mayo, Mayo, ¿qué hay? —dijo acariciando al perro, y con mal disimulada impaciencia—: este niño que no llega…
A ese tiempo entraba yo al salón en un traje en que a la verdad no me hubieran reconocido sino muy de cerca Tránsito y LucÃa.
MarÃa estaba allÃ. Apenas hubo tiempo para que cambiásemos un saludo y una sonrisa. Juan, que estaba sentado en el regazo de MarÃa, me dijo en su mala lengua al pasar, señalándome la puerta del comedor:
—Ahà está el coco.
Y yo entré al comedor sonriendo, porque me figuraba que el niño hacÃa alusión a don Jerónimo.
Di un estrecho abrazo a Carlos, que se adelantó a recibirme; y por aquel momento olvidé casi del todo lo que en los últimos dÃas habÃa sufrido por culpa suya.
El señor de M… estrechó cordialmente en sus manos las mÃas, diciendo:
—¡Vaya, vaya!, ¿cómo no hemos de estar viejos si todos estos muchachos se han vuelto hombres?
Seguimos al salón: MarÃa no estaba ya en él.