MarÃa
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No todas las personas que nos aguardaban estaban en el corredor: no descubrà entre ellas a MarÃa. Algunas cuadras antes de llegar a la puerta del patio, a nuestra izquierda y sobre una de las grandes piedras desde donde se domina mejor el valle, estaba ella de pie, y Emma la animaba para que bajase. Nos les acercamos. La cabellera de MarÃa, suelta en largos y lucientes rizos, negreaba sobre la muselina de su traje color verde mortiño: sentóse para evitar que el viento le agitase la falda, diciendo a mi hermana, que se reÃa de su afán:
—¿No ves que no puedo?
—Niña —le dijo mi padre entre sorprendido y risueño— ¿cómo has logrado subirte ah�
Ella, avergonzada de la travesura, acababa de corresponder a nuestro saludo y contestó:
Como estábamos solas…
—Es decir —le interrumpió mi padre— que debemos irnos para que puedas bajar. ¿Y cómo bajó Emma?
—Qué gracia, si yo le ayudé.
—Era que yo no tenÃa susto.
—Vámonos, pues —concluyó mi padre dirigiéndose a m× pero cuidado…
Bien sabÃa él que yo me quedarÃa. MarÃa acababa de decirme con los ojos: «No te vayas». Mi padre volvió a montar y se dirigió a la casa: mi caballo siguió poco a poco el mismo camino.
—Por aquà fue por donde subimos —me dijo MarÃa mostrándome unas grietas y hoyuelos en la roca.
Al acabar yo mi maniobra de ascenso, me extendió la mano, demasiado trémula para ayudarme, pero muy deseada para que no me apresurase a estrecharla entre las mÃas. Sentéme a sus pies y ella me dijo:
—¿No ves qué trabajo? ¿Qué habrá dicho papá?. Creerá que estamos locas.
Yo la miraba sin contestarle: la luz de sus ojos, cobardes ante los mÃos, y la suave palidez de sus mejillas, me decÃan, como en otros momentos, que en aquél era ella tan feliz como yo.
—Me voy sola —repitió Emma, a quien habÃamos oÃdo mal su primera amenaza; y se alejó algunos pasos para hacernos creer que iba a cumplirla.
—No, no; espéranos un instante no más —le suplicó MarÃa poniéndose en pie.
Viendo que yo no me movÃa, me dijo:
—¿Qué es?
—Es que aquà estamos bien.
—SÃ; pero Emma quiere irse y mamá estará esperándote: ayúdame a bajar, que ahora no tengo miedo. A ver tu pañuelo.
Lo retorció agregando:
—Lo tienes de esta punta, y cuando ya no me alcances a dar la mano, me cojo yo de él.
Persuadida de que podÃa arriesgarse a bajar sin ser vista, lo hizo como lo habÃa proyectado, diciéndome ya al pie del peñasco:
—¿Y tú ahora?
Buscando la parte menos alta de la piedra salté al gramal, y le ofrecà el brazo para que nos dirigiésemos a la casa.
—Si no hubiera llegado, ¿qué habrÃas hecho para bajar?, loquilla.
—Pues habrÃa bajado sola: iba a bajar cuando llegaste; pero temà caerme porque hacÃa mucho viento. Ayer también subimos ahÃ, y yo bajé bien.
—¿Por qué se han demorado tanto?
—Por dejar concluidos algunos negocios que no podÃan arreglarse desde aquÃ. ¿Qué has hecho en estos dÃas?
—Desear que pasaran.
—¿Nada más?
—Coser y pensar mucho.
—¿En qué?
—En muchas cosas que se piensan y no se dicen.
—¿Ni a m�
—A ti menos.
—Está bien.
—Porque tú las sabes.
—¿No has leÃdo?
—No, porque me da tristeza leer sola, y ya no me gustan los cuentos de las Veladas de la Quinta, ni las Tardes de la Granja. Iba a volver a leer Atala, pero como has dicho que tiene un pasaje no sé cómo…
Y dirigiéndose a mi hermana que nos precedÃa algunos pasos:
—Oye, Emma… ¿Qué afán de ir tan aprisa?
Emma se detuvo, sonrió y siguió andando.
—¿Qué estabas haciendo antenoche a las diez?
—¿Antenoche? ¡Ah! —repuso deteniéndose— ¿por qué me lo preguntas?
—A esa hora estaba yo muy triste pensando en esas cosas que se piensan y no se dicen.
—No, no; tú sÃ.
—¿Sà qué?
—Sà puedes decirlas.
—Cuéntame lo que tú hacÃas, y te las diré.
—Me da miedo.
—¿Miedo?
—Tal vez es una boberÃa. Estaba sentada con mamá en el corredor de este lado, haciéndole compañÃa, porque me dijo que no tenÃa sueño: oÃmos como que sonaban las hojas de la ventana de tu cuarto, y temerosa yo de que la hubiesen dejado abierta, tomé una luz del salón para ir a ver qué habÃa… ¡Qué tonterÃa: vuelve a darme susto cuando me acuerdo de lo que sucedió!
—Acaba, pues.
—Abrimos la puerta, y vimos posada sobre una de las hojas de la ventana, que agitaba el viento, un ave negra y de tamaño como el de una paloma muy grande: dio un chillido que yo no habÃa oÃdo nunca; pareció encandilarse un momento con la luz que yo tenÃa en la mano, y la apagó pasando sobre nuestras cabezas a tiempo que Ãbamos a huir espantadas. Esa noche me soñé… Pero ¿por qué te has quedado asÃ?
—¿Cómo? —le respondÃ, disimulando la impresión que aquel relato me causaba.
Lo que ella me contaba habÃa pasado a la hora misma en que mi padre y yo leÃamos aquella carta malhadada; y el ave negra era la misma que me habÃa azotado las sienes durante la tempestad de la noche en que a MarÃa le repitió el acceso; la misma que, sobrecogido, habÃa oÃdo zumbar ya algunas veces sobre mi cabeza al ocultarse el sol.
—¿Cómo? —me replicó MarÃa— veo que he hecho mal en referirte eso.
—¿Y te figuras tal?
—Si no es que me lo figuro.
—¿Qué te soñaste?
—No debo decÃrtelo.
—¿Ni más tarde?
—¡Ay!, tal vez nunca.
Emma abrÃa ya la puerta del patio.
—Espéranos —le dijo MarÃa— oye, que ahora sà es de veras.
Nos reunimos a ella, y las dos anduvieron asidas de las manos lo que nos faltaba para llegar al corredor. SentÃame dominado por un pavor indefinible; tenÃa miedo de algo, aunque no me era posible adivinar de qué; pero cumpliendo la advertencia de mi padre, traté de dominarme, y estuve lo más tranquilo que me fue dable, hasta que me retiré a mi cuarto con el pretexto de cambiarme el traje de camino.
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