MarÃa
MarÃa Iba a decirle algo más, pero el acento confidencial de su voz, la luz nueva para mà que sorprendà en sus ojos, me impidieron hacer otra cosa que mirarla, hasta que, notando que se avergonzaba de la involuntaria fijeza de mis miradas, y encontrándome examinado por una de mi padre (más terrible cuando cierta sonrisa pasajera vagaba en sus labios), salà del salón con dirección a mi cuarto.
Cerré las puertas. Allà estaban las flores recogidas por ella para mÃ; las ajé con mis besos; quise aspirar de una vez todos sus aromas, buscando en ellos los de los vestidos de MarÃa; bañélas con mis lágrimas… ¡Ah, los que no habéis llorado de felicidad asÃ, llorad de desesperación, si ha pasado vuestra adolescencia, porque asà tampoco volveréis a amar ya!
¡Primer amor!… Noble orgullo de sentirnos amados: sacrificio dulce de todo lo que antes nos era caro a favor de la mujer querida; felicidad que comprada para un dÃa con las lágrimas de toda una existencia, recibirÃamos como un don de Dios; perfume para todas las horas del porvenir; luz inextinguible del pasado; flor guardada en el alma y que no es dado marchitar a los desengaños; único tesoro que no puede arrebatarnos la envidia de los hombres; delirio delicioso… inspiración del Cielo… ¡MarÃa! ¡MarÃa! ¡Cuánto te amé! ¡Cuánto te amara!