MarÃa
MarÃa
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Mi padre habÃa resuelto ir a la ciudad antes de mi partida, tanto porque los negocios lo exigÃan urgentemente, como para tomarse tiempo allá para arreglar mi viaje.
El catorce de enero, vÃspera del dÃa en que debÃa dejarnos, a las siete de la noche y después de haber trabajado juntos algunas horas, hice llevar a su cuarto una parte de mi equipaje que debÃa seguir con el suyo. Mi madre acomodaba los baúles arrodillada sobre una alfombra, y Emma y MarÃa le ayudaban. Ya no quedaban por acomodar sino vestidos mÃos: MarÃa tomó algunas piezas de éstos que estaban en los asientos inmediatos, y al reconocerlas preguntó:
—¿Esto también?
Mi madre se las recibió sin responder, y se llevó algunas veces el pañuelo a los ojos mientras las iba colocando.
SalÃ, y al regresar con algunos papeles que debÃan ponerse en los baúles, encontré a MarÃa recostada en la baranda del corredor.
—¿Qué es? —le dije—. ¿Por qué lloras?
—Si no lloro…
—Recuerda lo que me tienes prometido.
—SÃ, ya sé: tener valor para todo esto. Si fuera posible que me dieras parte del tuyo… Pero yo no he prometido a mamá ni a ti no llorar. Si tu semblante no estuviese diciendo más de lo que estas lágrimas dicen, yo las ocultarÃa… pero después, ¿quién las sabrá… ?
Enjugué con mi pañuelo las que le rodaban por las mejillas, diciéndole:
—Espérame, que vuelvo.
—¿Aqu�
—SÃ.
Estaba en el mismo sitio. Me recliné a su lado en la baranda.
—Mira —me dijo mostrándome el valle tenebroso—: mira cómo se han entristecido las noches; cuando vuelvan las de agosto, ¿dónde estarás ya?
Después de unos momentos de silencio, agregó:
—Si no hubieras venido, si como papá pensó, no hubieses vuelto antes de seguir para Europa…
—¿HabrÃa sido mejor?
—¿Mejor?… ¿Mejor?… ¿Lo has creÃdo alguna vez?
—Bien sabes que no he podido creerlo.
—Yo sÃ, cuando papá dijo eso que le oà de la enfermedad que tuve; ¿y tú nunca?
—Nunca.
—¿Y en aquellos diez dÃas?
—Te amaba como ahora: pero lo que el médico y mi padre…
—SÃ; mamá me lo ha dicho. ¿Cómo podré pagarte?
—Ya has hecho lo que yo podÃa exigirte en recompensa.
—¿Algo que valga tanto as�
—Amarme como te amé entonces, como te amo hoy; amarme mucho.
—¡Ay!, sÃ. Pero aunque sea una ingratitud, eso no ha sido por pagarte lo que hiciste.
Y apoyó por unos instantes la frente sobre su mano enlazada con la mÃa.
—Antes —continuó, levantando lentamente la cabeza— me habrÃa muerto de vergüenza al hablarte asÃ… Tal vez no hago bien…
—¿Mal, MarÃa? ¿No eres, pues, casi mi esposa?
—Es que no puedo acostumbrarme a esa idea; tanto tiempo me pareció un imposible…
—¿Pero hoy? ¿Aún hoy?
—No puedo imaginarme cómo serás tú y cómo seré yo entonces…
—¿Qué buscas? —preguntóme sintiendo que mis manos registraban las suyas.
—Esto —le respondÃ, sacándole del dedo anular de la mano izquierda una sortija en la cual estaban grabadas las dos iniciales de los nombres de sus padres.
—¿Para usarla tú? Como no usas sortijas, no te la habÃa ofrecido.
—Te la devolveré el dÃa de nuestras bodas: reemplázala mientras tanto con ésta; es la que mi madre me dio cuando me fui para el colegio: por dentro del aro están tu nombre y el mÃo. A mà no me viene; a ti sÃ, ¿no?
—Bueno, pero ésta no te la devolveré nunca. Recuerdo que en los dÃas de irte se te cayó en el arroyo del huerto: yo me descalcé para buscártela y como me mojé mucho, mamá se enojó.
Algo oscuro como la cabellera de MarÃa y veloz como el pensamiento cruzó por delante de nuestros ojos. MarÃa dio un grito ahogado, y cubriéndose el rostro con las manos, exclamó horrorizada:
—¡El ave negra!
Temblorosa se asió de uno de mis brazos. Un escalofrÃo de pavor me recorrió el cuerpo. El zumbido metálico de las alas del ave ominosa no se oÃa ya. MarÃa estaba inmóvil. Mi madre, que salÃa del escritorio con una luz, se acercó alarmada por el grito que acababa de oÃrle a MarÃa: ésta estaba lÃvida.
—¿Qué es? —preguntó mi madre.
—Esa ave que vimos en el cuarto de EfraÃn.
La luz tembló en la mano de mi madre, quien dijo:
—Pero niña, ¿cómo te asustas as�
—Usted no sabe… Pero yo no tengo ya nada. Vámonos de aquà —añadió llamándome con la mirada, ya más serena. La campanilla del comedor sonó y nos dirigÃamos allá cuando MarÃa se acercó a mi madre para decirle:
—No le vaya a contar mi susto a papá, porque se reirá de mÃ.
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