MarÃa
MarÃa —SÃ, mi amo —le respondió quitándose el sombrero de junco y apoyándose en el mango de su pala.
—¿Quiénes son los padrinos?
—Ña Dolores y ñor Anselmo, si su merced quiere.
—Bueno. Remigia y tú estaréis bien confesados. ¿Compraste todo lo que necesitas para ella y para ti con el dinero que mandé darte?
—Todo está ya, mi amo.
—¿Y nada más deseas?
—Su merced verá.
—El cuarto que te ha señalado Higinio, ¿es bueno?
—SÃ, mi amo.
—¡Ah! ya sé. Lo que quieres es baile.
Rióse entonces Bruno, mostrando sus dientes de blancura deslumbrante, volviendo a mirar a sus compañeros.
—Justo es; te portas muy bien. Ya sabes —agregó, dirigiéndose a Higinio—: arregla eso, y que queden contentos.
—¿Y sus mercedes se van antes? —preguntó Bruno.
—No —le respond×, nos damos por convidados.