MarÃa
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DescendÃa lentamente hasta el fondo de la cañada: sólo el canto lejano de las gurrÃes y el rumor del rÃo turbaban el silencio de las selvas. Mi corazón iba diciendo un adiós a cada uno de esos sitios, a cada árbol del sendero, a cada arroyo que cruzaba.
Sentado en la orilla del rÃo veÃa rodar sus corrientes a mis pies, pensando en las buenas gentes a quienes mi despedida acababa de hacer derramar tantas lágrimas; y dejaba gotear las mÃas sobre las ondas que huÃan de mà como los dÃas felices de aquellos seis meses.
Media hora después llegué a la casa y entré al costurero de mi madre, en donde estaban solamente ella y Emma. Aun cuando haya pasado nuestra infancia, no por eso nos niega sus mimos una tierna madre: nos faltan sus besos; nuestra frente, marchita demasiado pronto quizá, no descansa en su regazo; su voz no nos aduerme; pero nuestra alma recibe las caricias amorosas de la suya.
Más de una hora habÃa pasado allÃ, y extrañado de no ver a MarÃa pregunté por ella.
—Estuvimos con ella en el oratorio —me respondió Emma— ahora quiere que recemos cada rato; después se fue a la reposterÃa: no sabrá que has vuelto.
Nunca me habÃa sucedido regresar a la casa sin ver a MarÃa pocos momentos después; y mucho temà que hubiese vuelto a caer en aquel abatimiento que tanto me desanimaba, y para vencer el cual la habÃa visto haciendo en los últimos ocho dÃas constantes esfuerzos.
Pasada una hora, durante la cual estuve en mi cuarto, llamó Juan a la puerta para que fuera a comer.
Al salir encontré a MarÃa apoyada en la reja del costurero que caÃa al corredor.
—Mamá no te ha llamado —me dijo el niño riendo.
—¿Y quién te ha enseñado a decir mentiras? —le respond×: MarÃa no te perdonará ésta.
—Ella fue la que me mandó —contestó Juan señalándola.
VolvÃme hacia MarÃa para averiguarle la verdad, pero no fue preciso, porque ella misma se acusaba con su sonrisa. Sus ojos brillantes tenÃan la apacible alegrÃa que nuestro amor les habÃa quitado; sus mejillas, el vivo sonrosado que las hermoseaba durante nuestros retozos infantiles. Llevaba un traje blanco, sobre cuya graciosa falda ondulaban las trenzas al más leve movimiento de su cintura o de sus pies, que jugaban con la alfombra.
—¿Por qué estás triste y encerrado? —me dijo—: yo no he estado asà hoy.
—Tal vez sà —le respondà por tener pretexto para examinarla de cerca aproximándome a la reja que nos separaba.
Ella bajó los ojos fingiendo anudar de nuevo los largos cordones de su delantal de gro azul; y cruzando luego las manos por detrás del talle, se recostó contra una hoja de la ventana diciéndome:
—¿No es verdad?
—Lo dudaba, porque como acabas de engañarme…
—¡Vea qué engaño! ¿Y puede ser bueno estarte asà encerrado para salir después hecho una noche?
—Me gusta verte tan valiente. ¿Y será bueno dejarte ver dos horas después de que he llegado?
—¿Y las doce son horas de venir de la montaña? También es que yo he estado muy ocupada. Pero te vi cuando venÃas bajando. Por más señas no traÃas escopeta, y Mayo se habÃa quedado muy atrás.
—Conque ¿muchas ocupaciones?, ¿qué has hecho?
—De todo: algo bueno y algo malo.
—A ver.
—He rezado mucho.
—Ya me decÃa Emma que a todas horas quieres que te acompañe a rezar.
—Porque siempre que le cuento a la Virgen que estoy triste, ella me oye.
—¿En qué lo conoces?
—En que se me quita un poco esta tristeza y me da menos miedo pensar en tu viaje. Te llevarás tu Dolorosita, ¿no?
—SÃ.
—Acompáñanos esta noche al oratorio y verás cómo es cierto lo que te digo.
—¿Qué es lo otro que has hecho?
—¿Lo malo?
—SÃ, lo malo.
—¿Rezas esta noche conmigo y te cuento?
—SÃ.
—Pero no se lo dirás a mamá, porque se enojarÃa.
—Prometo no decÃrselo.
—He estado aplanchando.
—¿Tú?
—Pues yo.
—Pero, ¿cómo haces eso?
—A escondidas de mamá.
—Haces bien en ocultarte de ella.
—Si lo hago muy rara vez.
—Pero, ¿qué necesidad hay de estropear tus manos tan… ?
—¿Tan qué?… ¡Ah!, sÃ; ya sé. Fue que quise que llevaras tus más bonitas camisas aplanchadas por mÃ. ¿No te gusta? Sà me lo agradeces, ¿no?
—¿Y quién te ha enseñado a aplanchar? ¿Cómo se te ha ocurrido hacerlo?
—Un dÃa que Juan Angel devolvió unas camisas a la criada encargada de eso, porque dizque a su amito no le parecÃan buenas, me fijé yo en ellas y le dije a Marcelina que yo iba a ayudarle para que te parecieran mejor. Ella creÃa que no tenÃan defecto, pero estimulada por mÃ, le quedaron ya siempre intachables, pues no volvió a suceder que las devolvieras, aunque yo no las hubiese tocado.
—Yo te agradezco muchÃsimo todos esos cuidados; pero no me imaginé que tuvieras fuerzas ni manos para manejar una plancha.
—Si es una muy chiquita, y envolviéndole bien el asa en un pañuelo, no puede lastimar las manos.
—A ver cómo las tienes.
—Buenecitas, pues.
—Muéstramelas.
—Si están como siempre.
—Quién sabe.
—MÃralas.
Las tomé en las mÃas y les acaricié las palmas, suaves como el raso.
—¿Tienen algo? —me preguntó.
—Como las mÃas pueden estar ásperas…
—No las siento yo asÃ. ¿Qué hiciste tú en la montaña?
—Sufrir mucho. Nunca creà que se afligirÃan tanto con mi despedida, ni que me causara tanto pesar decirles adiós, particularmente a Braulio y a las muchachas.
—¿Qué te dijeron ellas?
—¡Pobres! Nada, porque las ahogaban sus lágrimas: demasiado decÃan las que no pudieron ocultarme… Pero no te pongas triste. He hecho mal en hablarte de esto. Que al recordar yo las últimas horas que pasemos juntos, te pueda ver como hoy, resignada, casi feliz.
—Sà —dijo volviéndose para enjugarse los ojos—; yo quiero estar asÃ… ¡Mañana, ya solamente mañana!… Pero como es domingo, estaremos todo el dÃa juntos: leeremos algo de lo que nos leÃas cuando estabas recién venido; y debieras decirme cómo te agrada más verme, para vestirme de ese modo.
—Como estás en este momento.
—Bueno. Ya vienen a llamarte a comer… Ahora, hasta la tarde —agregó desapareciendo.
Asà solÃa despedirse de mÃ, aunque en seguida hubiésemos de estar juntos, porque lo mismo que a mÃ, le parecÃa que estando rodeados de la familia, nos hallábamos separados el uno del otro.
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