MarÃa
MarÃa José recibió, sombrero en mano, los cariñosos saludos de sus señoritas; y zafándose la mochila que traÃa a la espalda llena de legumbres para regalo, entró con nosotros, instado por mÃ, al aposento de mi madre. A su paso por el salón, Mayo, que dormÃa bajo una de las mesas, le gruñó, y el montañés le dijo riendo:
—¡Hola, abuelo! ¿TodavÃa no me quieres? Será porque estoy tan viejo como tú.
—¿Y LucÃa? —preguntó MarÃa a Tránsito— ¿por qué no quiso acompañarte?
—Si es tan floja que no, y tan montuna.
—Pero EfraÃn dice que con él no es asà —le observó Emma. Tránsito se rió antes de responder.
Con el señor es menos vergonzosa, porque como va tantas veces allá, le ha ido perdiendo el miedo.
Tratamos de saber el dÃa en que hubiera de efectuarse el matrimonio. José, para sacar de apuros a su hija, contestó: