MarÃa
MarÃa Pasada aquella mano, que asà llaman los campesinos a cada pieza de baile, tocaron los músicos su más hermoso bambuco, porque Julián les anunció que era para el amo. Remigia, animada por su marido y por el capitán, se resolvió al fin a bailar unos momentos con mi padre; pero entonces no se atrevÃa a levantar los ojos, y sus movimientos en la danza eran menos espontáneos. Al cabo de una hora nos retiramos.
Quedó mi padre satisfecho de mi atención durante la visita que hicimos a las haciendas; mas cuando le dije que en adelante deseaba participar de sus fatigas quedándome a su lado, me manifestó, casi con pesar, que se veÃa en el caso de sacrificar a favor mÃo su bienestar, cumpliéndome la promesa que me tenÃa hecha de tiempo atrás de enviarme a Europa a concluir mis estudios de medicina, y que debÃa emprender viaje a más tardar dentro de cuatro meses. Al hablarme asÃ, su fisonomÃa se revistió de una seriedad solemne sin afectación, que se notaba en él cuando tomaba resoluciones irrevocables. Esto pasaba la tarde en que regresábamos a la sierra. Empezaba a anochecer, y a no haber sido asÃ, habrÃa notado la emoción que su negativa me causaba. El resto del camino se hizo en silencio. ¡Cuán feliz hubiera yo vuelto a ver a MarÃa, si la noticia de ese viaje no se hubiese interpuesto desde aquel momento entre mis esperanzas y ella!