MarÃa
MarÃa —Espéranos —le dijo MarÃa— oye, que ahora sà es de veras.
Nos reunimos a ella, y las dos anduvieron asidas de las manos lo que nos faltaba para llegar al corredor. SentÃame dominado por un pavor indefinible; tenÃa miedo de algo, aunque no me era posible adivinar de qué; pero cumpliendo la advertencia de mi padre, traté de dominarme, y estuve lo más tranquilo que me fue dable, hasta que me retiré a mi cuarto con el pretexto de cambiarme el traje de camino.