MarÃa
MarÃa Ella estaba tan hechicera como mis ojos debieron de decÃrselo: un gracioso sombrero de terciopelo negro, adornado con cintas escocesas y abrochado bajo la barba con otras iguales, que en el ala dejaba ver, medio oculta por el velillo azul, una rosa salpicada aún de rocÃo, descansaba sobre las gruesas y lucientes trenzas cuyas extremidades ocultaba: arrezagaba con una de la manos la falda negra, que ceñÃa bajo un corpiño del mismo color, un cinturón azul con broche de brillantes, y una ancha capa se le desprendÃa de los hombros en numerosos pliegues.
—¿En cuál caballo quieres ir? —le pregunté.
—En el Retinto.
—¡Pero eso no puede ser! —respondà sorprendido.
—¿Por qué? ¿Temes que me bote?
—Por supuesto.
—Si yo he montado otra vez en él. ¿Acaso soy yo como antes? Pregúntale a Emma si no es verdad que yo soy más guapa que ella. Verás qué mansito es el Retinto conmigo.
—Pero si no permite que se le toque; y haciendo tanto tiempo que no lo montas, puede espantarse con la falda.
—Prometo no mostrarle siquiera el fuete.