MarÃa
MarÃa —Madrina, ¿no?
—SÃ, sÃ.
—Bueno. Nos iremos poco a poco; ¿verdad? —dijo dirigiéndose a los montañeses.
—Sà —respondió Braulio—; y si no te avergüenzas hoy también de apoyarte en mà para subir los repechos, no llegarás tan cansada.
Mi madre, que con Felipe nos dio alcance en ese momento, instó a José para que al dÃa siguiente llevase la familia a comer con nosotros, y él quedó comprometido a empeñarse para que asà fuese.
La conversación se hizo general durante el regreso, lo que MarÃa y yo procuramos para que se distrajese mi madre, quien se quejaba de cansancio, como siempre que andaba a caballo. Solamente al acercarnos a la casa me dijo MarÃa en voz que sólo yo podÃa oÃr:
—¿Vas a decir eso hoy a papá?
—SÃ.
—No se lo digas hoy.
—¿Por qué?
—Porque no.
—¿Cuándo quieres que se lo diga?
—Si pasados estos ochos dÃas no te habla nada de viaje, busca ocasión para decÃrselo. ¿Y sabes cuál será la mejor? Un dÃa después de que hayáis trabajado mucho juntos: se le conoce entonces a él que está muy agradecido por lo que le ayudas.