MarÃa
MarÃa Después de una pequeña cuesta pendiente y oscura, y de atravesar a saltos por sobre el arbolado seco de los últimos derribos del montañés, me hallé en la placeta sembrada de legumbres, desde donde divisé humeando la casita situada en medio de las colinas verdes, que yo habÃa dejado entre bosques al parecer indestructibles. Las vacas, hermosas por su tamaño y color, bramaban a la puerta del corral buscando sus becerros. Las aves domésticas alborotaban recibiendo la ración matutina; en las palmeras cercanas, que habÃa respetado el hacha de los labradores, se mecÃan las oropéndolas bulliciosas en sus nidos colgantes, y en medio de tan grata algarabÃa oÃase a las veces el grito agudo del pajarero, que desde su barbacoa y armado de honda espantaba las guacamayas hambrientas que revoloteaban sobre el maizal.
Los perros del antioqueño le dieron con sus ladridos aviso de mi llegada. Mayo, temeroso de ellos, se me acercó mohÃno. José salió a recibirme, el hacha en una mano y el sombrero en la otra.