MarÃa
MarÃa Las mujeres parecÃan vestidas con más esmero que de ordinario. Las muchachas, LucÃa y Tránsito, llevaban enaguas de zaraza morada y camisas muy blancas con golas de encaje, ribeteadas de trencilla negra, bajo las cuales escondÃan parte de sus rosarios, y gargantillas de bombillas de vidrio con color de ópalo. Las trenzas de sus cabellos, gruesas y de color de azabache, les jugaban sobre sus espaldas al más leve movimiento de los pies desnudos, cuidados e inquietos. Me hablaban con suma timidez, y su padre fue quien, notando eso, las animó diciéndoles: «¿Acaso no es el mismo niño EfraÃn, porque venga del colegio sabido y ya mozo?». Entonces se hicieron más joviales y risueñas: nos enlazaban amistosamente los recuerdos de los juegos infantiles, poderosos en la imaginación de los poetas y de las mujeres. Con la vejez, la fisonomÃa de José habÃa ganado mucho: aunque no se dejaba la barba, su faz tenÃa algo de bÃblico, como casi todas las de los ancianos de buenas costumbres del paÃs donde nació; una cabellera cana y abundante le sombreaba la tostada y ancha frente, y sus sonrisas revelaban tranquilidad de alma. Luisa, su mujer, más feliz que él en la lucha con los años, conservaba en el vestir algo de la manera antioqueña, y su constante jovialidad dejaba comprender que estaba contenta de su suerte.