MarÃa
MarÃa Algunos hacÃan esfuerzos para ponerse en pie; pero a los más les era imposible.
El estruendo de las armas y los gritos de guerra se acercaban. Incendiadas las casas de la población más próximas a la ribera, un resplandor rojizo iluminaba el combate, y heridos por él relampagueaban los sables de los lidiadores.
Magmahú y Sinar, sordos a los alaridos de las mujeres, sordos a los lamentos de Nay, corrÃan hacia el sitio en que la pelea era más encarnizada, a tiempo que una masa compacta y desordenada de soldados se dirigÃa a la casa del jefe achanti, llamándoles a él y a Sinar con enronquecidas voces. Trataron de parapetarse en las habitaciones de Magmahú; pero todo fue inútil, y tardÃo ya el coraje con que los jefes extranjeros combatÃan y animaban a los guerreros Kombu-Manez.
Atravesado el corazón por una bala, Magmahú cayó. Pocos de sus compañeros dejaron de correr la misma suerte.
Sinar luchó hasta el fin defendiendo cuerpo a cuerpo a Nay y su vida, hasta que un capitán de los Cambez, de cuya diestra pendÃa sangrienta la cabeza del misionero francés, le gritó:
—RÃndete y te concederé la vida.
Nay presentó entonces las manos para que las atase aquel hombre. Ella sabÃa la suerte que le esperaba, y postrándose ante él le dijo: