MarÃa
MarÃa El buque, después de recibir nueva carga, zarpó al dÃa siguiente; y la navegación que siguió fue más penosa por el mal tiempo. Ocho dÃas habrÃan pasado, y al visitar una noche el capitán la bodega, encontró muertos dos esclavos de los seis que, escogidos entre los más apuestos y robustos, reservaba. El uno se habÃa dado la muerte, y estaba bañado en la sangre de una ancha herida que tenÃa en el pecho, y en la cual se veÃa clavado un puñal de marinero que el infeliz habÃa recogido probablemente sobre la cubierta: el otro habÃa sucumbido a la fiebre. Los dos fueron despojados de los grillos que en una sola barra los aprisionaban a entrambos, y poco después vio sacar Nay los cadáveres para ser arrojados al mar.
Una de las esclavas de Nay y tres de los jefes Kombu-Manez eran los últimos compañeros que le quedaban, y de éstos sucumbió otro más la misma mañana en que hubo de acercarse el buque a una costa que entendió Nay llamarse Darién. A favor de un fuerte viento norte y de la marejada, el bergantÃn se internó en el golfo y se colocó cautamente a poca distancia de PisisÃ.