MarÃa
MarÃa Aquel hombre que tan despiadadamente habÃa tratado a los compañeros de Nay, desde el dÃa en que al levantar un látigo sobre ella la vio desplomarse inerte a su pies, le dispensó toda la consideración de que su recia Ãndole era capaz. Comprendiendo Nay que el capitán iba a embarcarse, no pudo sofocar sus sollozos y lamentos, suponiéndose que aquel hombre volverÃa a ver pronto las costas de Africa, de donde la habÃa arrebatado. Acercóse a él, le pidió de rodillas y con ademanes que no la dejara, besóle los pies, e imaginando en su dolor que podrÃa comprenderla, le dijo:
—Llévame contigo. Yo seré tu esclava; buscaremos a Sinar, y asà tendrás dos esclavos en vez de uno… Tú que eres blanco y que cruzas los mares, sabrás dónde está y podremos hallarlo… Nosotros adoramos al mismo dios que tú, y te seremos fieles, con tal que no nos separes jamás.