MarÃa
MarÃa —No puedo explicarme la conducta de usted. ¿Qué gana esta negra con ser libre?
—Es —le respondió mi padre— que yo no necesito una esclava sino un aya que quiera mucho a esta niña.
Y sentando a MarÃa sobre la mesa en que acababa de escribir, hizo que ella le entregase a Nay el papel, diciendo él al mismo tiempo a la esposa de Sinar estas palabras:
—Guarda bien esto. Eres libre para quedarte o ir a habitar con mi esposa y mis hijos en el bello paÃs en que viven.
Ella recibió la carta de libertad de manos de MarÃa, y tomando a la niña en los brazos, la cubrió de besos.
Asiendo después una mano de mi padre, tocóla con los labios, y la acercó llorando a los de su hijo.
Asà fueron a habitar en la casa de mis padres Feliciana y Juan Angel.
A los tres meses, Feliciana, hermosa otra vez y conforme en su infortunio cuanto era posible, vivÃa con nosotros amada de mi madre, quien la distinguió siempre con especial afecto y consideración.